22 mayo 2010

Mi experiencia personal

“Participante en el I Premio Vinos y Blogs del III Concurso de Vinos del Noroeste”




Las siguientes lineas las enmarco en dicho concurso, y como resumen, el mismo debe versar sobre la experiencia personal del autor en relación con el vino y su mundo.


"Supongo que no te gusta ese vino, me dice Carolina con incredulidad y una arruga forzada en la comisura de sus labios, mientras observa mi copa sin más interés que asegurarse que es vino tinto . No tengo claro el porqué de su pregunta y se lo hago ver.
Ella sin más preocupación que la que refleja su rostro, me clava un...sencillamente por tu cara de incredulidad. Una sonrisa recorre mi cara y Carolina, ante mi gesto esta vez sí, de sorpresa, me deja por imposible. Además a Carol no le gusta el vino por lo que no creo que, y así es, realice más esfuerzos por interesarse, a lo que si añadimos mi mirada perdida y que hacía ya algunos segundos había despegado en un viaje imaginario de recuerdos, no tenía sentido que me siguiera preguntando, ni yo respondiendo y así fue.
Su pregunta hubiera tenido una nítida respuesta pero no me hubiese entendido. Aquella copa, tenía un olor indescriptible pero marcado a fuego en mi memoria como el sello familiar a una res tejana. No sé como describirlo ni como narrarlo, pero me recuerda a aquella bodega, para todos durante mucho tiempo e incluso aún hoy la del abuelo, a la que nada más acceder a través de sus viejas puertas de madera te golpeaba con un olor inconfundible que probablemente brotaba de la mezcla de vino, madera y algo que podríamos denominar “barro de vino”, y que podríamos definir como la sustancia originada a partir de la mezcla de aquel suelo natural y aquellos contados y pequeños charcos formados por gotas de vino que provenían de una llave de madera de una barrica mal cerrada o de una botella rota que permitía fluir libremente aquel mencía por los pequeños surcos que como caminos recorrían aquel piso oscuro y térreo.


Las llaves, me acuerdo de las llaves de la bodega, como si fueran las de San Pedro y en menor medida eran las de acceso a un pequeño paraíso prohibido. Aunque sonrío cuando recuerdo que muchas veces en las que se creía custodiada realmente no lo estaba y podíamos acceder sin ellas, con una libertad casi impune.
Como si de una etapa del Tour se tratase, y con otro giro más de muñeca a la copa, esa sensación me traslada a una cadena pero, no montañosa sino de recuerdos: las cepas, el río, el cañón, las podas, los bancales que junto con el esfuerzo para superarlos figuran en mi memoria como gigantes igual que molinos para D. Quijote, el calor, las cajas de uvas...Al mismo tiempo recuerdo los silencios, sentados en las rocas diseminadas a lo largo y ancho del viñedo, las conversaciones, el peso de las ánforas de agua e incluso los reflejos del sol entre las ondas de las corrientes del río en el fondo del cañón.
Durante un tiempo todo ello quedó olvidado en una esquina de mi vida, me imagino por ser aquella una época en la que ir más allá de la fermentación era imposible debido a los pocos veranos que de aquella sumaba y lo vinculaba con lo que era: naturaleza, entretenimiento, diversión. El tiempo discurre, muchas cosas cambian, ciertas prioridades avanzan y superan a las que hasta entonces presumían de ser las primeras, pero poco a poco todas aquellas sensaciones y experiencias se han convertido en los pilares de esta mi pequeña relación con el vino, y que definitivamente ha sido así.
Además parece increíble como desde un pequeño rincón de Galicia se puede viajar por todo el mundo sin sacar billete, volando hasta los increíbles riesling alemanes, los no menos elegantes Valtellina Superiore en Italia o llegando a la réplica (¿quién habrá copiado a quién?) de mi rincón gallego de mencía en Francia, que no es otra que la sutil y compleja Borgoña con su pinot noir.
Al final todos aquellos fines de semana y veranos, han tenido recompensa, me han enseñado a conocer, respetar y acariciar el mundo del vino, a saber apreciar distintas variedades, matices, elaboraciones, zonas, países y el trabajo sobre todo, el trabajo. Dejaron su poso, como vino sin filtrar, y llegado el momento afloraron. Sin ellos mi pasión por el vino no sé si existiría y de hacerlo sería diametralmente opuesta y probablemente más distante.
Lo que sí tengo claro es que de nuevo tengo que aterrizar y esperar a expedir otro billete en la próxima copa de vino que me permita viajar, hasta entonces saborearé los recuerdos tan personales que me ha ofrecido la que tengo entre mis dedos y espero que la siguiente me depare sensaciones nuevas, nuevos viajes."

nota: la foto ha sido obtenida de www.ribeirasacra.org

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